Hay pocas cosas en la gastronomía española que aguanten tanto sin moverse del trono. La croqueta es una de ellas. Y sin embargo, algo está cambiando. No en el fondo —esa bechamel que te mancha la camisa sin pedir perdón— sino en los matices, en los rellenos, en lo que pedimos cuando nos sentamos en una barra y queremos que nos traten bien.
En 2025, el consumo de croquetas en España no solo sigue siendo masivo: está en plena efervescencia. Según el estudio de consumo elaborado por Croquetas Ricas, el ranking de sabores refleja tanto la fidelidad a la tradición como una curiosidad creciente por territorios nuevos. Os lo contamos todo.
El jamón ibérico: el rey que no abdica
No hay sorpresa aquí, y tampoco la pedimos. Con un 72% de preferencia entre los encuestados, la croqueta de jamón ibérico sigue siendo la reina indiscutible de barras y mesas. Lo interesante no es que esté en el número uno —eso ya lo sabíamos— sino que en 2025 sigue ganando por goleada, con una distancia considerable respecto al resto.
¿Por qué? Porque es difícil mejorar lo que funciona. La grasa del jamón ibérico, bien integrada en una bechamel de leche de calidad, crea esa combinación de cremoso y salado que activa algo primitivo en el paladar. No es nostalgia. Es química.
Lo que sí está cambiando es la exigencia. El listón ha subido. Lo que hace veinte años se aceptaba como «croqueta de jamón» hoy pide más: que el jamón se note, que la bechamel no sea una masa de engrudo, que el rebozado cruja sin convertirse en coraza. España sabe ya lo que es una croqueta bien hecha, y no vuelve atrás.
El resto del ranking: tradición con matices
Detrás del jamón, el estudio dibuja un mapa interesante. Las croquetas de bacalao, de pollo asado y de queso aparecen con fuerza, especialmente en zonas del norte y la meseta, donde —según datos de consumo— la cultura croquetil tiene más arraigo que en Levante.
Ciudad Real y Tarragona encabezan el consumo provincial, dos geografías distintas que comparten una devoción común por este bocado. Lo cual, si lo piensas, dice mucho: la croqueta no tiene acento.
Las croquetas de compango asturiano —con sus embutidos y ese toque láctico de mantequilla y leche de verdad— representan uno de los estilos más celebrados en la crítica, aunque su consumo doméstico sea más limitado. Son croquetas de restaurante con alma de cocina de casa. Esa tensión es parte de su encanto.
Lo que está cambiando: de la tradición al experimento
Aquí es donde la cosa se pone interesante. Junto al ranking de consumo habitual, los datos de 2025 apuntan a un crecimiento sostenido de rellenos no convencionales: croquetas de ropa vieja, de cocido, de morcilla con manzana, de sobrasada con miel. La lógica es clara: si la croqueta nació para aprovechar los restos del puchero, ¿por qué no convertir cualquier guiso en croqueta?
Los bares más atentos ya lo han entendido. La croqueta como formato —ese cilindro cremoso y crujiente— es un lienzo en blanco. Y los cocineros más inquietos lo están usando para contar historias con producto local, con temporada, con memoria gastronómica propia.
No es que la innovación desplace a la tradición. Es que conviven. Y eso, para una comunidad como la nuestra, es exactamente la mejor noticia posible.
La croqueta líquida: ¿evolución o provocación?
Hace treinta años, una croqueta española media era —seamos honestos— un misil de harina. Compacto, seco, sin concesiones. Hoy el extremo opuesto ha conquistado muchas cocinas: la croqueta tan cremosa que está al borde del desastre. Comerla es un deporte de alto riesgo. Te manchas. Siempre.
Pero ahí está la gracia. Esa bechamel casi líquida, que contrasta con el rebozado crujiente, es uno de los debates más vivos de la comunidad croquetil española. ¿Es el ideal? ¿O hay un punto medio más honesto? Os dejamos la pregunta abierta, que para eso estamos.
¿Dónde está el futuro de la croqueta española?
En todas partes y en ningún sitio concreto. En el bar de barrio que lleva treinta años haciendo la misma receta y tiene razón. En el restaurante que acaba de sacar una croqueta de miso y cerdo ibérico que, contra todo pronóstico, funciona. En la abuela que fríe en aceite de girasol sin complejos y en el cocinero que reivindica el aceite de oliva virgen extra como única opción digna.
La croqueta en 2025 es exactamente lo que siempre ha sido: un bocado que une, que discute, que viaja mal y se come mejor en el sitio de siempre. Y nosotros aquí, tomando nota.
¿Cuál es tu sabor de croqueta favorito este año? ¿Sigues fiel al jamón o te has dejado tentar por algo nuevo? Cuéntanoslo en los comentarios.
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